¡Vamos a pensar diferente!

El otro día en una charla en la UPV/EHU, hablábamos de la creatividad de su importancia: En los tiempos que corren, ser creativas en el ámbito social no es una cuestión estética ni una moda metodológica: es una necesidad ética. Las personas con las que trabajamos viven en contextos cada vez más complejos, atravesados por precariedad, brecha digital, burocracia excesiva y una sensación constante de ir “por detrás” del sistema. Si nuestras respuestas son rígidas, lentas o excesivamente técnicas, corremos el riesgo de generar una segunda exclusión: la de quienes, además de estar en situación de vulnerabilidad, se sienten incapaces de atravesar procesos pensados sin ellas.

La creatividad, entendida como capacidad de imaginar otras formas de hacer, nos permite simplificar sin infantilizar, acompañar sin invadir y diseñar itinerarios más humanos. A veces significa traducir un procedimiento administrativo a un lenguaje claro y cercano. Otras, reorganizar un servicio para que no obligue a repetir la misma historia dolorosa en cinco ventanillas distintas. También implica aprovechar la tecnología con sentido social: formularios accesibles, acompañamiento digital, canales de comunicación más horizontales. No se trata de “modernizar” por modernizar, sino de hacer que el acceso a derechos sea más amable y menos desgastante.

Ser creativas es preguntarnos constantemente: ¿esto facilita o complica?, ¿incluye o filtra?, ¿empodera o hace depender? Cuando diseñamos desde esa mirada, empezamos a detectar barreras invisibles que antes dábamos por inevitables. Muchas veces no es la norma la que excluye, sino la forma en que la aplicamos. Y ahí tenemos margen de acción. Innovar en lo social puede ser tan sencillo, y tan profundo, como cambiar el tono de una entrevista, flexibilizar horarios, incorporar espacios grupales de apoyo mutuo o co-diseñar soluciones con las propias personas destinatarias.

Este enfoque exige también un cambio de actitud profesional. Salir de lo estático, de “esto siempre se ha hecho así”, supone revisar nuestras propias inercias y miedos. La creatividad no es solo para quienes trabajan en comunicación o proyectos «macro»; es una competencia básica de la intervención social contemporánea. Nos permite recuperar motivación, experimentar pequeñas mejoras y construir entornos de trabajo más vivos y colaborativos. Innovar no significa romperlo todo, sino abrir ventanas en estructuras demasiado cerradas.

Si queremos no dejar a nadie atrás, necesitamos procedimientos más accesibles, relaciones más horizontales y propuestas más agradables. Y eso pasa por atrevernos a pensar diferente. La creatividad, en este contexto, es una forma de cuidado: hacia las personas en situación de exclusión, para que no se sientan doblemente expulsadas del sistema; y hacia nosotras mismas, para no quedar atrapadas en dinámicas que nos desgastan y nos alejan del sentido profundo de nuestro trabajo.

¡Comparte!

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.